La joven del vestido azul dio un suave meneo con el pie al cuerpo del hombre que yacía inmóvil en el suelo, mientras una segunda muchacha, ésta vestida de naranja y gris, permanecía a pocos pasos, observando atentamente la escena.

El hombre no se movió.

La joven del vestido azul suspiró resignada, y sacó su cantimplora de agua. Vertió unas gotas sobre la nuca del hombre, quien, al notar el líquido, lanzó un débil gemido y se movió levemente, para después volver a quedar inerte sobre la arena.

La muchacha de naranja y gris frunció el ceño, visiblemente disgustada, y con una seña llamó a la joven de azul para que se acercara. Ambas deliberaron en voz baja, observando de reojo al joven tendido en el suelo, quien seguía sin moverse.

Finalmente ambas montaron sus caballos y dejaron al hombre allí, tendido en el desierto. Ruin, tal vez; pero ninguna de las dos miró atrás.

Ya se las apañarían solas.

De todos los guerreros del reino, habían tenido que escoger al inexperto.